Zully
Keith
La curiosidad mató al gato… pero a Mazehuala no
Déjate transformar por este viaje llamado vida
Mazehuala es un personaje mágico: curiosa, dulce y amorosa, con un deseo insaciable de conocer todo aquello que sus ojitos descubren. Su infinita curiosidad la impulsa a preguntarse el cómo y el porqué de cuanto existe en el planeta, y su magia le permite viajar a lugares imposibles de visitar: tocar las estrellas, explorar el fondo del mar, volar por los cielos o adentrarse en un panal para descubrir sus secretos.
Vive en un pequeño pueblo a las faldas de una montaña, junto a su abuelito, un hombre viudo y trabajador del campo que le enseñó el arte de leer y escribir. Juntos cuidan de sus entrañables animales: una vaca llamada Requesona y el burrito Burri-Burri.
© 2021
© 2021
Zully Keith
Zully Keith se ha desempeñado como actriz durante gran parte de su vida artística. Aunque se especializó en la comedia, también ha interpretado con éxito papeles de antagonista, protagonista y actriz dramática en telenovelas, cine y teatro. A lo largo de su trayectoria ha recibido reconocimientos y premios tanto en México como en el extranjero, en honor a su destacada labor en la pantalla chica, el cine y los escenarios.
Sus inicios en la televisión fueron en el programa Ensalada de locos, al lado de Manuel «El Loco» Valdés. Entre sus participaciones más recientes destaca su aparición en Una familia de diez, transmitida por el Canal de las Estrellas, donde dio vida a Renata, madre de la entrañable familia protagonista.
Hoy incursiona en la literatura, aprovechando la experiencia acumulada a lo largo de los años para compartir, en este relato, la belleza de la vida y algunas enseñanzas que espera atrapen al lector.
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La curiosidad mató al gato… pero a Mazehuala no
Mazehuala es un personaje mágico: curiosa, dulce y amorosa, con un deseo insaciable de conocer todo aquello que sus ojitos descubren. Su infinita curiosidad la impulsa a preguntarse el cómo y el porqué de cuanto existe en el planeta, y su magia le permite viajar a lugares imposibles de visitar: tocar las estrellas, explorar el fondo del mar, volar por los cielos o adentrarse en un panal para descubrir sus secretos.
Vive en un pequeño pueblo a las faldas de una montaña, junto a su abuelito, un hombre viudo y trabajador del campo que le enseñó el arte de leer y escribir. Juntos cuidan de sus entrañables animales: una vaca llamada Requesona y el burrito Burri-Burri.
Convencida de que todos los niños merecen aprender y despertar su curiosidad, Mazehuala dedica sus mañanas a enseñarles a leer y, a través de las palabras, los lleva con ella a maravillosas aventuras llenas de imaginación, conocimiento y ternura.
La curiosidad mató al gato… pero a Mazehuala no
Capítulo 1
Capítulo 1
Érase una vez un hermoso pueblito, alejado de la civilización, por donde corría un bello río rodeado de grandes árboles e imponentes montañas.
A las faldas de una de esas montañas, un poco retirado del pueblo, vivía un hombre de edad avanzada llamado Piedad. Don Piedad era un hombre de corazón inmenso, un abuelito que parecía existir para ofrecer ternura al mundo. Sus movimientos eran un tanto pausados, cuidadosos, y en su mirada habitaba una dulzura serena, como la de aquellos que aprenden a mirar la vida sin dureza ni rencor. Vivía solo desde la muerte de su esposa, sin haber llegado a tener nunca hijos. Sin embargo, la soledad jamás endureció su espíritu, al contrario, convirtió todo el amor que aún reposaba en su pecho en cuidado paciente y silencioso para las pequeñas vidas que lo rodeaban.
Cada mañana despertaba antes que el sol, cuando el aire todavía olía a rocío y el canto de los pájaros apenas comenzaba a sustituir el silencio. Entonces salía al patio con pasos lentos, llevando entre sus manos semillas, agua y alimento para sus animalitos, quienes acudían a él con la confianza de quien busca a un viejo amigo. A cada uno lo conocía por sus costumbres y caprichos; les hablaba con cariño, como si entendiera que incluso las criaturas más pequeñas necesitan sentirse nombradas para saber que pertenecen al mundo.
Sus flores parecían crecer más hermosas bajo su cuidado. Rosas, claveles y jazmines abrían sus pétalos como agradecimiento a aquellas manos envejecidas que removían la tierra con infinita delicadeza. Y en su pequeña hortaliza, entre surcos verdes y aromas frescos de hierbabuena, tomate y albahaca, don Piedad encontraba una forma humilde pero profunda de conversar con la vida. Sembrar, regar y esperar eran para él actos que iban más allá de la costumbre; eran una manera silenciosa de seguir amando incluso después de haber perdido tanto.
Bajaba tres veces por semana al pueblo, donde todos los habitantes lo saludaban y lo querían. Allí vendía su mercancía, como los huevos que ponían sus propias gallinas, fruta de temporada y las plantas de diferentes características que él mismo sembraba y cosechaba. Con el dinero de sus ventas, podía comprar todo lo necesario para su sustento y el de sus animalitos.
Un día, en su casa, mientras regaba las flores, llamó su atención algo raro en uno de sus rosales: se trataba de un capullo que se convertiría en una hermosa rosa. Sin embargo, observó que tenía una forma irregular, diferente a la de los otros botones, y que además se distinguía por tener un tamaño poco normal; nunca había visto algo igual.
A pesar de encontrarlo diferente, pensó que podía ser un capricho de la naturaleza, que en ocasiones lo sorprendía cuando nacía en su huerta alguna plantita que él no había plantado, o que de la noche a la mañana aparecían flores en las ramas de un árbol que por años no había florecido. Como cosas así solían pasar, decidió continuar con su trabajo habitual.
Terminó de regar y fue a dar de comer a sus gallinas, que todos los días ponían unos hermosos huevos; luego se dirigió a dar pastura a su vaca, a la que había llamado «Requesona», la cual lo recibía todas las mañanas con un movimiento acompasado de su colita, demostrándole su cariño y agradecimiento por la comida. Don Piedad le acariciaba la cara y le decía:
—Gracias… Yo también te quiero, Requesona.
Al terminar de darle de comer a Requesona, se dirigía a una pequeña cabaña que tenía al lado de su chocita y sacaba el heno que le llevaría a su burrito, al que llamó «Burri-Burri», quien lo ayudaba todos los días a cargar sobre su lomo unos huacales llenos de frutas, huevos, verduras y plantas que vendería en el pueblo. También le daba los buenos días a Burri-Burri y platicaba con él.
—Buenos días, mi querido amigo. Te traigo tu comida para que estés fuerte y listo para bajar al pueblo más tarde; ya tengo listos los huacales con todo lo que nos vamos a llevar a vender. ¿De acuerdo? —Y, como si el burrito le entendiera, movía su cabecita de arriba abajo, como diciéndole que sí.
—Por cierto —le comentó a su burrito—, ¿sabías que existe un árbol que se llama «huacal»? —Burri-Burri se quedó quietecito, como si pusiera atención a lo que le decía don Piedad, y este continuó—: Pues sí existe, y a sus frutos se les da el nombre de «jícaros». Se utilizan para hacer recipientes. ¿Interesante, verdad? Bueno, ya aprendiste algo nuevo; voy a seguir con mis cosas.
Don Piedad caminó hasta su choza. Tenía ya preparadas y limpias dos cubetas vacías y se dispuso a caminar hasta llegar a un río que quedaba a varios metros de su casa. Al llegar, como todas las mañanas, se sentaba sobre una roca y se ponía a observarlo; le gustaba escuchar el sonido que hacía el fluir del agua. A veces platicaba con él; ¡se preguntaba tantas cosas!
—Buenos días, señor río. Aquí me tiene, como todas las mañanas, disfrutando de la paz que me regala. Gracias. ¿Sabe? Me pregunto de dónde viene tanta agua que corre por su cauce. Mis padres me decían que el agua venía desde esas hermosas montañas que mis ojos alcanzan a ver. Luego, también me ando preguntando hasta dónde llega usted. Unos dicen que se encuentra más adelante con otros ríos, allá... ¡muy lejos! —señaló—. También me han dicho que desemboca en el mar. ¿Cómo será el mar? No lo conozco... —Guardó silencio.
Así, en silencio, se quedaba un rato solo, observando el correr del agua; cuando decidía levantarse, agradecía:
—Gracias, madre tierra, por todas tus bondades; gracias por este día.
Llenaba las cubetas con el agua pura y clara del río y las llevaba hasta los bebederos de los animalitos. Lo repetía varias veces, hasta rellenar un tambo que le servía para almacenar el agua que utilizaba para beber, bañarse, lavarse las manos, lavar los platos y cocinar. Para sus necesidades, como hacer pipí o popó, don Piedad utilizaba una letrina o baño de campo en lugar del inodoro, porque en el cerro donde vivía no existían tuberías que llevaran agua potable hasta su choza.
Se bañaba a jicarazos en la parte trasera de su chocita, donde había colocado dos tablones paralelos sostenidos sobre la pared de ladrillos y adaptado una cortina de tela que colgaba de un lazo para, de esa manera, mantener su intimidad.
Los platos y ollas que utilizaba para comer y preparar sus alimentos, una vez sucios, los dejaba dentro de una palangana que sacaba y ponía junto al tambo de agua limpia; allí los lavaba y enjuagaba. Ya limpios, los colocaba sobre otra palangana vacía, regresaba a su choza, los secaba y acomodaba todo en su lugar.
Su ropa personal y todo aquello de tela que fuera necesario lavar lo llevaba al pueblo y se lo entregaba a doña Chonita, quien le cobraba muy poco dinero por lavar y planchar sus prendas, y se las dejaba siempre muy blancas y limpias.
Así era la vida de don Piedad. Disfrutaba su rutina: levantarse todos los días a las cinco de la mañana, bañarse y empezar con sus labores diarias; bajar al pueblo tres veces por semana a vender sus productos, donde saludaba a toda la gente. Algunas personas lo invitaban a comer; otras solo se detenían a comprar o a platicar. Antes de regresar a su casa, pasaba a la biblioteca a dejar el libro que ya había terminado de leer y escogía alguno que le interesara. Por las tardes, cuando ya había terminado sus faenas, se daba un merecido descanso: le gustaba sentarse en su mecedora afuera de su choza, ponerse a leer y disfrutar de la tranquilidad y paz que le ofrecía vivir rodeado de la naturaleza.
Pero, a pesar de estar ocupado con sus labores diarias, ese día, el haber descubierto aquel capullo diferente y extraño por la mañana le hacía experimentar una sensación en el pecho que no podía describir, y que no lo abandonó durante todo el día ni los subsecuentes. Tanto era así que todas las mañanas, al despertar, sentía que alguien le decía: «Ve a tu rosal y mira cómo va su nuevo brote».
Así lo hacía y, para su sorpresa, ese capullo en especial crecía día a día más de lo normal. Lo que no sabía don Piedad es que estaba muy cerca de descubrir algo... ¡maravilloso!
Capítulo 2
Capítulo 2
Pasaron los días y, una mañana, al visitar el rosal, su asombro fue enorme; casi cae desmayado. No podía creer lo que revelaban sus ojos, tanto así que se los frotó con fuerza porque dudaba de lo que estaba viendo. Corrió hacia donde tenía su tambo de agua, se echó agua fría en la cara, regresó, miró de nuevo el rosal y... ¡era verdad! Lo que acababa de descubrir era real.
La flor se había abierto y, cobijada entre sus pétalos, había una pequeña, pero muy pequeña niña. Don Piedad no podía contener el asombro que esto le causaba; con mucha cautela se acercó más a la flor y, entonces, esa diminuta niña abrió sus ojitos de color verde, lo miró y con gran ternura le sonrió.
¡No estaba soñando! Era verdad lo que veía: era una pequeña, muy pequeñita y tierna niña. Al observarla, sintió una conexión con ella directa a su corazón, como si el cielo le estuviera regalando la oportunidad de ver a un ángel. Con gran dulzura le dijo:
—¡Hola, hermosa!
Y, para sorpresa de don Piedad, la pequeña niña le respondió:
—¡Hola! —rio con la misma ternura con que lo hacen los bebés.
Don Piedad dio un respingo y se hizo un poco para atrás. Cuando entró en calma, de nuevo se acercó de puntillas, poco a poco. No sabía qué hacer, jamás en su vida había visto algo similar; esto le resultaba más que extraño. No sentía miedo, pero estaba totalmente desconcertado. «¿Cómo que de una flor nace una niña? ¿Estaré dormido? ¿Es un sueño? Creo que cené demasiado anoche». Se dio media vuelta para irse de nuevo a su choza, pero lo detuvo la curiosidad y regresó al rosal.
Observando de nuevo a la pequeñita niña, se preguntaba: «¿Cortaré la flor con la niñita y la llevo a mi choza, o no? ¿Y si la dejo aquí, podría morir de hambre o de frío? ¡Ay, Dios mío! ¿Qué hago?». Mientras se preguntaba qué hacer, continuaba observándola y repitiendo que eso era un milagro, eso era… ¡mágico!
Decidió ir a su casa por una cajita pequeñita, a la cual le cubrió el fondo con pétalos que arrancó de otras rosas. Sobre éstos puso un pedacito de tela que cortó, con la cual cubrir el diminuto cuerpecito de la niña y que no pasara frío. Se dirigió al rosal y con gran cuidado y suavidad tomó a la pequeñita con solo dos de sus dedos y la pasó a la cama que le había preparado. La niña abrió un poco sus ojitos y se acurrucó sobre su nueva cama quedándose dormidita de nuevo.
Don Piedad la tapó con mucho cuidado; sus manos eran grandes por lo que le implicaba hacer todo con mucho esmero. Se llevó la cajita a su casa, la puso cerca de una ventana por donde entraba el sol y ahí la dejó.
Don Piedad no salía de su asombro, caminaba de un lado a otro preguntándose: «¿Cómo pudo suceder que de un capullo de flor haya surgido tan bella niña? ¿Comerá? ¿De qué se alimenta? ¿Qué le puedo dar: agua, leche…?». Estaba muy confundido.
De repente recordó que la niña le había respondido el saludo, eso lo tranquilizó un poco y se dijo: «¡Puede hablar! Entonces ella me dirá que es lo que necesita cuando despierte». Y se volvió a sorprender más. «¿Qué dije? ¿Que puede hablar? ¡Ay, Dios mío! ¡Qué me está pasando! ¿Me lo estoy figurando todo? Esto no es verdad, no está sucediendo; ya estoy imaginando cosas. A lo mejor sigo dormido y estoy soñando». Respiró profundamente, tomó valor y con mucha cautela se acercó a la ventana donde dejó la cajita y se dispuso a observar. «Sí, no estoy soñando, ahí hay una muy, pero muy pequeñita niña y está dormidita».
Sin poder aclarar su mente por lo que estaba sucediendo, don Piedad se mantuvo observándola durante mucho tiempo sin saber qué hacer. Decidió no pensar más; la dejaría dormir tranquila. Se preparó un té de tila para los nervios y se lo tomó mientras se encargaba de preparar sus cosas para un nuevo día. Esa noche no pudo conciliar el sueño: la vida le había dado la sorpresa más grande de su existencia…


